TURISMO EN CARTAGENA DE INDIAS





Goza de fama colonial como gran plaza militar de América Española. En tres siglos de . ruda defensa, debió soportar el asedio de los indígenas, las potencias europeas enemigas de España, corsarios y aventureros franceses como Baal, Coté y de Pointis; ingleses como Hawkings, Drake y Vernon. Algunos de ellos tuvieron éxito, con los consiguientes saqueos y pérdidas humanas. Mucho después, en el siglo XIX durante la Independencia y la República, los sitios impuestos por Bolívar y Morillo; tomas a maños de distintas facciones en las contiendas civiles, bloqueos navales de Inglaterra, Francia e Italia en reclamo de deudas. Dieciocho ataques totalizan la historia: militar de la ciudad.

Los cartageneros se enorgullecen de dos de esos episodios: la victoria ante la flota inglesa del Almirante Edward Vernon con sus 186 barcos y más de quince mil hombres en 1741, y la dolorosa derrota por el asedio que le impuso el ejército español al emprender allí la Reconquista en 1815, al costo de un tercio de la población. De ahí le viene el título de «Heroica», que parece tan lejano al nuevo sentimiento de ternura, de femenino engalánamiento con que se rodea ahora el «corralito de piedra», nombre popular que los colombianos le dan a esta bella ciudad. Vista desde lo alto de los baluartes, entre la fronda de árboles añosos, se presenta como una vieja ciudadela encerrada por gruesas murallas, a los pies del inmenso fuerte de San Felipe de Barajas, el más grande castillo militar americano.

El recinto cruzado por callejuelas de trazo recto y estrechez casi medieval, a menudo flanqueado por la hilera de contrafuertes de alguna Iglesia de cúpulas renacentistas, o por largos pórticos. Pequeñas plazuelas, recodos, sorpresas envolventes por entre el tejido urbano de techumbres en teja de barro a dos aguas salteadas de torres, campanarios y muros almenados, miradores hacia la bahía sobre las casas de antiguos mercaderes o de contrabandistas para observar la llegada de los barcos.

Largas filas de balcones florecidos de esparcios domésticos, refugiados en las plantas de arriba. Grandes portales, contra portones, vestíbulos, despachos de negocios, tiendas y depósitos, en las plantas de abajo. Más adentro, solares, dobles patios y claustros por doquier; y en el interior de éstos, ramajes verdes, heléchos, flores encendidas, pozos de agua fresca en aljibes de piedra. En mitad del paisaje urbano, el cerro de la Popa cortando el horizonte en diagonal, y en un extremo, las paredes blancas del viejo Monasterio Agustino, como un arbotante contra el cielo cruzado de nubes y alcatraces bajo el sol intenso. Todo ello evocador de otros tiempos con calles llenas de bullicio en que las gentes chismorreaban y se mecían -como hoy- a la puerta de sus casas; piquetes de soldados marchaban por la calzada arrastrando cañones de un fuerte a otro; carruajes de caballos, silletas cargadas por negros, burros repartidores de agua.

En las plazas, traficantes que subastaban esclavos; pregoneros; vendedores de ñutas; lectores a viva voz de los bandos del Gobernador, de los edictos del Tribunal de Inquisición. En los atrios, «Serenos» que voceban la hora y manejaban las llaves de todos los portones. En el malecón, filas de cargueros con fardos de mercancías para o desde el puerto, marinos, pordioseros, frailes doctrineros. Un puerto cosmopolita, abigarrado, cruel y codicioso.

Comerciantes, aventureros, capitanes de barco¡ funcionarios, curas y una sociedad puntillosa y presumida, se entendían en el español andaluz o de canarias, en flamenco, en portugués. Los negros esclavos compartían sus penas -en los toques de tambora con cimarrones evadidos en los «Palenques» -en dialectos africanos. Indios kalamarís o turbacos deambulaban silenciosos con cestos, collares, perlas y baratijas.

Cartagena colonial era puerto de paso para los galeones, portadores de mandatos leales, oidores, armas, esclavos y mercaderías. De aquí partían en agosto rumbo a La Habana, donde  se encontrarían con «La Flota», el Otro convoy  que controlaba el comercio y la producción de México y las Filipinas. Los galeones cargaban aquí los tributos, la plata del Perú previamente recogida en Portobelo, en el Istmo de Panamá, el oro de la nueva Grana®, los diezmos, las maderas preciosas, las esmeraldas, los caudales de los españoles que regresaban. Veracruz y Portobelo eran los puertos terminales de ambas flotas al llegar, después de paradas-de paso en Santo Domingo y San Juan. La- Habana y Cartagena eran los puertos de retomo. Para los convoyes de barcos, Cartagena es el puerto seguro para calafateo y reparación de las naves, antes de cruzar de nuevo un Caribe plagado de piratas. Decenas de galeones que no tuvieron suerte en ese cruce reposan en el fondo del mar, dentro y fuera de la bahía.

La ciudad antigua comprende actualmente dos conjuntos civiles: el interior del recinto amurallado donde estaba lo de más alcurnia; y Getsemaní, parcialmente afuera, en pinza sobre el puerto. El diseño urbanístico primigenio responde a una concepción militar del complejo que se empezó a construir en 1602 y que fue creciendo a lo largo de las siguientes dos centurias. La ciudad era virtualmente una pequeña isla rodeada al noroeste por mar abierto, al este por caños y lagunas y al sur por un terreno pantanoso, la península de Bocagrande y por una bahía interior de las Ánimas, que se abre sobre una segunda bahía mucho más amplia la de Cartagena, con la isla de Tierrabomba en la mitad y cuatro flancos por proteger:

– El primero, el mar abierto, menos accesible a los ataques por el intenso oleaje pero que, con todo, iba dejando playones fáciles para desembarcos ligeros; este flanco fue controlado con las primeras murallas.

– El segundo, los dos accesos por la bahía. Uno entre Bocagrande y Tierrabomba que fue cerrado por una barra en 1640, apoyada por el desaparecido fuerte de San Matías, barra que se sustituyó por una escollera submarina en 1778, la que aun permanece. La otra entrada a la bahía, más estrecha y fácil de defender, se sitúa más al sur entre Tierrabomba y la Península de Barú, custodiada por dos soberbios fuertes: San Femando de Bocachica, en reemplazo del de San Luis, que le precedió y San José, diseñados para el fuego cruzado en corta distancia.

– El tercero, el cruce mismo por entre la Bahía de Cartagena y la Bahía de las Animas, que fue controlado mediante Fuertes pareados a uno y otro lado del canal de navegación; de ellos quedan hoy dos pares incompletos: las minas del Fuerte de Santa Cruz, destruido por una voladura, ya en la República, en la punta de Castillogrande; el fuerte de San Juan de Manzanillo, que hoy hace parte de la Casa de Huéspedes Ilustres y San Sebastián de Pastelillo, donde está hoy él Club de Pesca.

– El cuarto era el control terrestre, en cuyo paso más crítico se construyó el Castillo de San Felipe de Barajas, sobre la colina de San Lázaro, cerrando todo el sistema de defensas. La plaza terminó así, después de dos centurias, inexpugnable. La fortificación empezó por las murallas, como ya se dijo, de las cuales hacían parte una veintena larga de baterías y baluartes (dieciséis aún se mantienen en pie). Un segmento que continuaba hacia el nordeste de la Torre del Reloj, principal entrada al recinto frente al puerto, fue demolido a comienzos del siglo XX. Yendo en sentido contrario, de la Torre del Reloj al límite de la muralla que flanquea el Muelle de los Pegasos sobre la Bahía de la Animas, se encuentra el baluarte de San Ignacio, donde la muralla voltea. De este punto se desprende hacia el sur la península de Bocagrande, principal asiento del desarrollo hotelero actual. Siguen los baluartes Santiago, SantCartagena de Indias o Domingo, La Merced, Santa Clara y finalmente, el Fuerte de La Tenaza. Entre los dos últimos se construyeron por el interior los cuarteles de las Bóvedas en 1798, donde se alojan hoy las Ventas de artesanías.

Todo este trayecto va en paralelo con el mar, bordeado hoy por la vía hacia el aeropuerto. En La Tenaza la muralla se desprende del mar y vuelve a doblar hasta la laguna de El Cabrero, (Caño de Juan de Angola), entre el baluarte de Santa Catalina y el de San Lucas.

Luego la muralla bordea la ciudad por enfrente de las ciénagas hasta el puente de San Lázaro frente al cerro y en él, el Castillo de San Felipe, último fortín interior, que ejerce pleno dominio sobre los caños, el pequeño valle de La Popa y la «Media luna», el punto más vulnerable de la ciudad. Más al sur la muralla reaparece para cerrar la espalda de Getsemaní. El menor empleo que durante la República se le dio al Canal del Dique -una colosal obra civil de la Colonia para desviar un brazo del río Magdalena que viene a desembocar en la bahía- y el cese de la relación marítima entre la Colonia y la Metrópoli, menguaron la importancia del puerto y permitieron, junto con la pobreza que entonces sobrevino, preservar la ciudad de los efectos modernizantes del último siglo y medio. Cartagena es, pues, un auténtico regalo del pasado, que llega hasta nosotros casi intocada.

A mediados del siglo XX se comenzó la restauración del sector histórico contra los daños del abandono y la simple vejez. Sus buenos efectos están a la vista, y los confirma la declaración por parte de la Oficina de las Naciones Unidas para la Cultura y la Educación UNESCO que consagra a Cartagena como «Patrimonio Histórico de la Humanidad». La ciudad turística es otra cosa. Salvo los mejores restaurantes, la hotelería y la animación de Cartagena están casi del todo fuera del sector histórico. Principalmente se sitúan en Bocagrande, El Laguito y Castillogrande, donde se disfruta de playas amplias, de arena delgada aunque un poco oscura. Este sector hotelero cuenta con servicios de todo tipo.

Sitios de interés

Los once kilómetros de murallas descritos atrás, cuya construcción inició el ingeniero italiano Bautista Antonelli en 1602 y concluyó dos siglos más tarde Antonio de Arévalo, más los fuertes y el Castillo de San Felipe, construido durante todo un siglo a partir de 1536, son el primer atractivo. La visita guiada a San Felipe permite conocer muchas de las técnicas empleadas porCartagena de Indias (1) los ingenieros militares, los sistemas de comunicación, largos pasadizos.y túneles, más algunas : historias y leyendas de interés. El recorrido de las calles del recinto amurallado,  Dignos de admirar la Catedral (iniciada en 1575). El Palacio de la Inquisición, de 1770, a pocos pasos de la Catedral y la mejor muestra barroca de arquitectura civil ofrece una muestra sobre los procedimientos de los juicios y las formas de tortura. San Pedro Claver, iglesia y convento de los jesuitas perteneciente ya al siglo XVIII, donde reposan los restos del santo protector de los esclavos. La Casa del Marqués de Valdehoyos y la que hoy se denomina «Bodegón de la Candelaria», sobresalientes muestras de la arquitectura doméstica del siglo XVII.

El templo de Santo Domingo, el más antiguo de la ciudad, terminado en el siglo XVI. La Plaza de la Aduana, actual centro cívico principal, presidido por la Alcaldía, la Plaza de los Coches, al pie de la Torre del Reloj y otros en-! cantadores parquecitos, como San Diego y La Merced. Existen otros pequeños tesoros urbanas como el Convento de Santa Clara, restaurado para hotel; la Casa de la Cultura, el Templo de San Agustín, las sedes del SENA y de la Cámara de Comercio en antiguas casonas de aristócratas del, siglo XVII; sobresalen la calidad de clima y la belleza de las calles mismas, que son el mejor patrimonio de Cartagena. Hay un par de «boites» o bares de teístas en la propia zona; histórica, cerca a las tiendas de antigüedades.

Por la Puerta del Reloj al costado de enfrente, en Getsmenaní, en vecindades del Centro de Contenciones, se encuentra un agradable Centro Comercial en el antiguo Claustro de San Francisco, recientemente restaurado. Hay también otros dos Museos. El Museo del Oro con una muestra regional de orfebrería y cerámica, sobre la Plaza de Bolívar, al frente de La Inquisición. Y el Museo Naval, inaugurado para el Quinto Centenario del Descubrimiento, al respaldo de San Pedro Claver, un buen recinto con una muestra museográfica bastante modesta. Fuera del casco urbano colonial, se encuentra el barrio residencial de Manga, formado por curiosas quintas de la primera mitad del siglo XX, en profusión de estilos y jardines. El Cerro de la Popa, magnífico mirador de la ciudad y sede de uno de los más viejos y hermosos monasterios del país.

Recorridos de interés

• El paseo a las Islas del Rosario, un pequeño conjunto de islitas y cayos coralinos a hora y media en lancha, frente a la península de Barú. Las Islas son Parque Nacional Natural y pertenecen a la Nación, actualmente en un proceso jurídico de deshalojo a los ocupantes particulares, algunos de los cuales ofrecen servicios a los turistas. Hay en proceso un plan de control de asentamientos y de vigilancia ecológica, para impedir obras que ya han causado graves daños ambientales. En algunas de las islas hay buenos restaurantes y un Acuario de bastante interés en Isla Pajarales.

• De paso a las islas, o como motivo másCartagena de Indias (2) corto de paseo atravesando la bahía, están los fuertes de Bocachica, ya mencionados. Fuera del interés de las fortificaciones hay allí recuerdos vinculados a proceres como Nariño o Santander, que purgaron cárcel en las mazmorras de San Femando.

• Para los paseos por mar hay transporte de línea con horario regular en excursiones manejadas por operadores profesionales.

• En fines de semana hay alguna animación en las playas de La Boquilla, aldea de pescadores situada un poco más allá del aeropuerto, a 7 km del Centro. Mompox, tras un corto vuelo en avioneta o aproximadamente tres horas de navegación por el río Magdalena, saliendo por el canal del Dique; también sé puede ir por carretera hasta Magangué, cruzar el río en ferry y continuar un breve trecho por carretera destapada.

La ciudad señorial espléndidamente conservada, era el primer puerto fluvial y principal sitio de distribución del comercio hacia el interior del país.



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