Real Audiencia de Santa Fe





Conformadas las gobernaciones de Santa Mar­ta, Cartagena, Popayán, San Juan y las de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada, dentro de un con­junto geográfico más o menos determinado y vista la necesidad de establecer un gobierno que las aglutinara dentro de una sola jurisdicción, con capital en el interior del país, lejos de la acción de los piratas del Caribe, por real cédula del 17 de julio de 1549 se confirmaron otras anteriores del 21 de mayo de 1547, 24 de julio y 7 de agosto de 1548, por las cuales se nombraban oidores para la Real Audiencia de Santa Fe en el Nuevo Reino de Granada. El 7 de abril de 1550, una vez llegados los oidores, se instaló solemnemente, en la casa donde estuvo el convento de Santo Domingo (ca­rrera 7a. con calles 12 y 13 hoy ), en cuyo dintel se puso una placa que decía: "Esta casa aborrece la maldad, ama la paz, castiga los delitos, conserva los derechos, honra la verdad", que sintetizaba el pensamiento jurídico y moral de la España de entonces.

La Real Audiencia era tribunal de justicia, go­bierno y administración. Fue creada por el Consejo de Indias, organismo asesor del rey, especializado en los asuntos de Indias, y tuvo como inspiración la Real Cancillería de Castilla. Siguió el modelo de la primera creada en América, la de Santo Domingo, el 5 de octubre de 1511.

imageAl comprender aquellas gobernaciones, su ju­risdicción vino a ser la misma; o sea, que la prime­ra dimensión política del país o límite, que le dio forma e individualidad territorial a lo que es hoy Colombia (descontando los territorios que le han quitado Venezuela, Perú y Brasil), fue la Real Au­diencia de Santa Fe. Sus límites fueron imprecisos por el oriente y el sur, y más adelante se determi­naron en partes por los ríos Arauca y Orinoco con Venezuela; el Ñapo con Ecuador y Perú y el Ama­zonas con Perú y Brasil y, con éste, también el triángulo déltico de los ríos Caquetá y Putumayo en su confluencia con el Amazonas, territorios que por su imprecisión limítrofe fueron presa de la voracidad de esos tres países vecinos.

Con la Real Audiencia se consolidó el poder español y se inició el proceso de colonización e hispanización del país, que empezó a poblarse de ciudades y villas de blancos y, más tarde, de pa­rroquias también de blancos criollos, y de pueblos de indios, en los que los sobrevivientes de la con­quista fueron reducidos para cristianizarlos y ci­vilizarlos.

Una vez que el gobierno civil se organizó, el eclesiástico tuvo las siguientes diócesis:

El 28 de agosto de 1513 se creó la diócesis de Santa María la Antigua del Darién y se nombró como primer obispo a fray Juan de Quevedo, que llegó el 30 de junio del año 1514.

El 15 de febrero de 1528, el rey nombró a fray Tomás Ortiz protector de los indios de Santa Mar­ta; éste, siendo vicario en 1534 figuró como obispo. El 10 de enero de este año se creó la diócesis.

En junio de 1534 se creó la de Cartagena.

En 1549 el rey ordenó trasladar la de Santa Marta a Santa Fe; en 1551 se nombró primer obis­po a fray Juan de los Barrios, quien llegó en 1553; se consolidó con la bula del 11 de septiembre de 1562 que ordenó trasladar la sede arzobispal a Santa Fe, cuya iglesia fue elevada a la dignidad de catedral metropolitana el 22 de marzo de 1564.

La diócesis de Popayán se creó el 22 de agosto de 1546, segregada de la de Quito.

Las ciudades y villas fueron las bases del asen­tamiento español. En ellas se establecieron las instituciones, se construyeron las casas y se forma­ron hogares, se fundaron colegios, conventos, universidades, se instituyó el gobierno eclesiástico ordinario y el de las comunidades, se erigieron varias iglesias, se sembraron la cultura, las tradi­ciones, desde la más elemental artesanía hasta los más elevados grados de educación universitaria. También modelaron su arquitectura, trajeron sus artes y letras e implantaron la lengua castellana. Empezó a florecer la raíz genealógica de su abo­lengo, salpicada de nobleza e hidalguía en algu­nos frutos y, al mismo tiempo, de orgullo, despotismo y crueldad; es decir, la España expor­table, la culta, noble, hidalga, la de los conquista­dores, encomenderos, oidores, gobernantes, togados, curas, letrados, militares, comerciantes, mineros, corregidores, presidentes y virreyes. Y la España popular, o sea la de los artesanos, labrado­res albañiles y alarifes, carpinteros, sastres, latone­ros, herreros.

Una cultura y civilización que implantaron para los mismos españoles y su descendencia y para los indios y mestizos, para quienes se hicie­ron lentos el aprendizaje y asimilación, motivo por el cual fueron quedándose arras del criollo.

Fundada la ciudad, venía el nombramiento por el mismo conquistador y, por primera vez, de los regidores del Cabildo, que luego serían elegi­dos por los vecinos, organismo que a su vez elegía a los dignatarios del gobierno de la ciudad como alcaldes, procuradores, jueces, corregidores y de­más funcionarios, conjunto que encarnaba en el ayuntamiento y constituía el municipio.

El gobierno de los oidores o de la Real Audien­cia duró hasta 1564, cuando se creó la presidencia, a la cual aquélla quedó sujeta. El primero en ejer­cerla fue Andrés Díaz Venero de Leiva, magnífico y ejemplar gobernante. Rigió hasta junio de 1718, cuando se posesionó el primer virrey encargado del Virreinato. Suprimido éste, el 17 de mayo de 1724, día en que se retiró el virrey, volvió a la presidencia hasta el 13 de junio de 1740, en que se posesionó el nuevo virrey

Durante el régimen de la Audiencia, la Presi­dencia y el Virreinato, se formó un nuevo país; se fundaron las principales ciudades y villas, pue­blos de indios y parroquias de blancos. A lo largo de un proceso de 250real audiencia en santa fe años de aclimatación e im­plantación españolas, de mestizaje, de creación, la nueva sociedad dio origen a la criolla y a una nueva sub-raza: la mestiza. Años de fecundidad hispana en territorio americano que cambiaron totalmente la faz del país y de sus pobladores nativos, y de una transformación que se verificaría en numerosas obras y hechos. En el período de la conquista, los indios sobrevivientes se distribuyeron o adjudicaron en repar­timientos entre los conquistadores, como lógica consecuencia de la guerra. Estos se reglamentaron y se convirtieron en encomiendas en las cuales fue­ron uncidos al yugo del encomendero, como se llamo al conquistador cuando dejó de serlo, con el encargo de mantenerlos sujetos a disciplina o ré­gimen de policía, explotarlos económicamente, protegerlos, enseñarles a trabajar y ayudar a su cristianización y educación por intermedio del cura doctrinero, que, además, debía enseñarlos en las buenas costumbres. Por eso el doctrinero fue el primer maestro de América y la doctrina la prime­ra escuela.

Dentro de la encomienda, se fundó el nuevo pueblo de indios y se estableció el resguardo, que era el terreno adjudicado por mandato real a los indios en propiedad y por escritura pública, para que en él vivieran, tuvieran su pueblo y casa, huerta, tierras de cultivo y ganados.

Desde 1501 los Reyes Católicos dispusieron la reducción o poblamiento de los indios para adoc­trinarlos en conjunto y enseñarlos a vivir a la manera española. Estas reducciones vinieron a ser nuevos pueblos de indios, en las que se concentra­ban varias tribus del mismo cacicazgo o región. Se fundaron por autoridad de la Real Audiencia, que para el efecto comisionaba a uno de sus oidores con el carácter de visitador. Aunque en el Nuevo Reino de Granada se ordenó hacerlos con base en la instrucción del oidor Tomás López, del 20 de noviembre de 1559, dictada en desarrollo de reales cédulas sobre la materia, no se cumplió de inme­diato, ni tampoco la adjudicación de resguardos en 1564, porque a los indios no les gustó ni lo uno ni lo otro. Se realizó entonces en Cundinamarca y Boyacá a fines del siglo XVI y principios del siguiente.

Labor trascendente fue la de los doctrineros de las comunidades religiosas, avanzadas como pri­meros difusores del cristianismo en América. Des­de el segundo viaje de Colón, 1493, fueron llegando éstos en todas las expediciones descubri­doras y conquistadoras a predicar el evangelio, convertir a los indios, enseñarles la religión y sus preceptos morales, para lo cual tuvieron ante todo que aprender las lenguas aborígenes y enseñar la española. De tribu en tribu, desde las costas hasta las cumbres de los Andes, armados de la cruz, recorrieron el continente obsesionados de su apos­tolado y ciegos creyentes de su fe hasta imponerla en todos los confines, formando así un nuevo imperio del catolicismo. Tal fueron las comunida­des de los dominicos y franciscanos, los principa­les y primeros; los agustinos, jesuítas y mercedarios, entre otros. Además fundaron con­ventos, colegios, universidades, seminarios, es de­cir, fueron los educadores de América bajo la tutela de la Iglesia.

Otra obra española fue la colonización por familias de labradores. Al llegar éstas se les adju­dicaban en grandes extensiones en las que funda­ban su hacienda, organizaban su hogar, hasta llegar, 150 años después, a conformar un conjunto social que vino a constituir la población criolla de las parroquias de blancos que desde mediados del siglo XVIII, empezaron a fundarse. Por otra parte, substituyeron a muchos pueblos de indios.

La presencia de esa España religiosa, militar, culta y popular significa que el español no vino solamente a matar, robar y coger oro y plata, a destruir e incendiar y volverse con el botín, sino a conquistar y a hacer la guerra porque eran guerreros y tenían que hacerla si querían vencer, y a fundar ciudades para quedarse en ellas. Por eso están confundidos con el polvo de América. Cier­tamente, el oro que cogieron no les sirvió de mu­cho ni tuvieron en qué gastarlo, sino que lo mandaban a España para que allá lo aprovecha­ran. El español trajo sus mujeres y su raza se fue esparciendo. Su descendencia ya no se llamaría española sino criolla, que serla la heredera de lo que sus mayores trajeron e hicieron, y un día lejano los españoles americanos bautizarían con un nombre político de república a las naciones que aquéllos engendraron.

Dos hechos de trascendencia en la época colo­nial fueron la esclavitud y la piratería.



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