La Independencia de America





La independencia de los países coloniales de la América hispana se produjo a comienzos del siglo XIX como consecuencia de un conjunto de causas internas y externas, que hacían intolerable por más tiempo el gobierno despótico de la mo­narquía española, a medida que los pueblos adquirían conciencia política y sentían la necesidad de autogobernarse.

Fue la época heroica de una América nueva, descendiente de aquéllos que la conquistaron y colonizaron; en ella afloró una generación de crio­llos que quisieron velar por los fueros de la tierra y de la misma raza indígena y se identificaron con ella dando nacimiento a la noción de patria, que nació en su espíritu inspirada en los ideales de la libertad. El recuerdo de la revolución de los comu­neros del 16 de marzo de 1781 palpitaba en la conciencia del pueblo; pero más dolió el ajusticia­miento de sus caudillos en la plaza de Santa Fe de Bogotá el lo. de febrero de 1782: José Antonio Galán, Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz, Manuel Ortiz. Más a delante este movimiento sería rei­vindicado como una expresión popular autén­ticamente revolucionaria con fundamento económico.

El criollismo empezó a ser la razón política de los nuevos americanos, que ya no quisieron ser ciudad anos españoles y menos depender de reyes despóticos. Y como este sentimiento era general en todo el continente, la desmembración del Im­perio fue una lógica consecuencia de su grandeza y del destino de las naciones que había engendra­do y en las cuales había establecido gobiernos coloniales; para volverlos propios sólo se necesi­taba hacerlos por sí mismos.

Autogobierno, independencia, libertad, de­mocracia, república, eran expresiones nuevas, sur­gidas de la naturaleza social de estos países, que estaban aunados de la monarquía. Desde media­dos del siglo XVIII algunos pensaban substituirla por la de Gran Bretaña, que íes parecía más justa o mejor, pues aún no tenían suficiente madurez para concebir una forma de gobierno propia y acorde con su idiosincrasia.

Un régimen colonial odioso, especulador, in­justo, cruel, que daba mal trato a los gobernadores y abusaba de los monopolios, ejercido por agentes déspotas que no sabían gobernar, tenía que ser insoportable. Esas eran las causas internas.

Desde hacía dos siglos, en Inglaterra y Francia venía surgiendo el movimiento científico-cultural de la Ilustración, que en lo político había engen­drado al enciclopedismo, en lo económico a la economía política, en lo literario y artístico al ro­manticismo, y en el orden social y político al des­potismo ilustrado y a las revoluciones de los Estados Unidos (1776) y la francesa (1789). Los preceptos de la primera se concretaron en la de­claración de los Derechos del Hombre, proclamada en Filadelfia en julio del 776 y luego en París, en agosto de 1789, texto político-filosófico de la de­mocracia. Algunos desconocen la influencia del enciclopedismo en la mentalidad de nuestros próceres y en la de la ;independencia pero lo cierto es que, tanto unos como otros, en ella se inspiraron y les sirvió como decálogo para redactar las cons­tituciones orgánicas de las nuevas repúblicas. An­tonio Nariño tradujo tal declaración del francés y la publicó el 15 de diciembre de 1793. Camilo Torres la leyó en inglés del texto de Filadelfia. Y así fue llegando a la conciencia de los criollos.

Pero no fueron las causas internas ni esa filo­sofía política por sí solas las que provocaron el estallido independentista, que hubiera podido de­morarse algunos años más, sino la invasión de Napoleón a España, en enero de 1808, la toma de Madrid el 23 de marzo y el apresamiento de su rey Fernando Vil y del ex-rey Carlos IV en Bayona el 30 de abril, lo mismo que la renuncia que de sus derechos hicieron en la persona de Napoleón el 5 de mayo, todo lo cual dio lugar a que éste impu­siera a su hermano José como rey de España. El pueblo, al quedar sin rey, formó juntas municipa­les de gobierno, que asumieron su representación y sus derechos y se organizaron para la defensa armada.

El 15 de junio Napoleón reunió en Bayona una Asamblea Constituyente, que el 6 de julio votó una constitución democrática para España y sus colonias en América, Asamblea en la cual dio representación a los americanos, entre ellos a los granadinos Francisco Antonio Zea e Ignacio Sán­chez de Tejada.

Por su parte, las cortes españolas en Cádiz expidieron una Constitución el 18 de marzo de 1812, en la que se reconocían derechos a los ame­ricanos. Pero nada de esto tenía plena validez; era un hipócrita reconocimiento de igualdad que no podía existir por parte de los americanos para con los españoles peninsulares ni para con los france­ses. El 22 de enero de 1809 la junta suprema de Sevilla también declaró esa igualdad y dijo que las colonias eran parte integrante de la monarquía. Entonces, tanto los de la península como los de América se dividieron en afrancesados y fernandistas.

En las colonias se crearon las mismas juntas supremas de gobierno en defensa de los derechos del rey y de la religión católica. La primera fue la de la Chuquisaca el 25 de mayo de 1809, contra la Real Audiencia de Charcas; luego la de La Paz, el 16 de julio siguiente; y la de Quito el 10 de agosto, que tuvo directa repercusión en la Nueva Grana­da. Fue depuesta el 28 de octubre, aunque tuvo mayor trascendencia.

Un impulso decisivo dio al espíritu de estos pronunciamientos autonomistas la declaración de Napoleón del 12 de diciembre de 1809 en París, al decirles desde allí a las colonias americanas que tenían derecho a su independencia y que Francia no se opondría a ella.

Desde luego, los criollos, que empezaban a tomar conciencia política, no se quedaron mudos ni maniatados. Las ideas de independencia y li­bertad habían ganado mucho terreno por acción de los precursores y el conocimiento de la filosofía del enciclopedismo. La Junta de Sevilla, interesa­da en saber quiénes estaban con la regencia y quiénes con Napoleón, mandó a Santa Fe, en tiem­pos del virrey Amar y Borbón, (septiembre de 1808), al comisionado capitán Juan José Pando y Sanllorente, que, el día 11 hizo jurar como rey a Fernando Vil, declarar la guerra a Napoleón y consiguió dinero para ayudar a España.

Como respuesta a tales declaraciones de igual­dad e invitaciones a elegir diputados criollos a las Cortes, el 20 de noviembre de 1809 el jurista Ca­milo Torres, a nombre del Cabildo, redactó el cé­lebre Memorial de agravios, en el que hizo un certero y crítico análisis de la situación político-social, que puso en evidencia los derechos naturales del pue­blo americano frente a la monarquía. Éste no se envió a España, ni salió del país, pero produjo una gran repercusión.

Por entonces había una conspiración contra el virrey. Estaban presos Antonio Nariño, el cura Andrés Rosillo, el oidor de Quito don Baltasar Miñano y otros; y dos revolucionarios ajusticiados en Pore (Casanare) el 30 de abril de 1810: José María Rosillo y Vicente Cadena, primeros márti­res de la independencia.

La América hispana se fue erosionando políti­camente. A comienzos de 1810, la regencia mandó tres comisionados regios a informarse de la situa­ción y a buscar la adhesión de las colonias: José de Cos Iribarri destinado al Perú, Carlos Montúfar a Quito, y Antonio Villavicencio a Santa Fe. Llega­ron a La Guaira el 17 de abril y a Caracas el 18 y al día siguiente presenciaron la creación de la junta suprema que depuso al gobernador. Éste era un aviso. Prosiguieron a Cartagena. Cos Iribarri murió en viaje a Panamá. Montufar pasó por Santa Fe rumbo a Quito, y Villavicencio se quedó allí.



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