Enrique el Navegante





 

Las ansias y tendencias de la época -mezcla de misticismo y de espíritu de aventura- se condensaron en un hombre que fue como resumen y personificación de las aspiraciones de sus contemporáneos: el infante Enrique, llamado el navegante o el "infante de Sagrés"(1394-1460), verdadero iniciador, organizador y propulsor de grandes descubrimientos, que siguieron -aún después de su muerte- el impulso que él les había dado. Era el quinto hijo (el tercero de los supervivientes) del rey Juan I, fundador de la Casa de Avis en Portugal. Había tomado parte en la conquista de Ceuta (1415), y cuando apenas tenía veinticuatro años, en 1418, envió la primera expedición al litoral atlántico africano. Ya en aquel momento aparecía bien manifiesta su vocación. Su carácter era duro, tenaz; para él sólo existía un fin y una idea: el descubrimiento y la conquista de tierras remotas, y no sólo por el atractivo económico que pudieran ofrecer, sino también por el fuerte espíritu de misión que se afincaba en su empresa, como herencia del mejor sentido cristiano medieval.
El infante fue uno de esos hombres que ponen en sus empresas todos los medios necesarios para realizarlas. A fin de acometerlas plenamente, se estableció lejos de la corte, en la costa meridional, cerca del cabo de San Vicente, en el promontorio de Sagrés. Allí, rodeado de sus escuderos -de los que logró hacer atrevidos navegantes- y de cuantos especialistas en náutica y cosmografía pudo reunir, inició la organización de varias expediciones con el propósito de alcanzar las costas africanas. Entre los elementos de más valía que logró atraer figuraba el mejor autor de mapas náuticos de la época: maese Jácome de Mallorca, que no era otro que Jafuda Cresques, el famoso cartógrafo mallorquín, ya aludido en líneas anteriores. Al convertirse al cristianismo, a raíz de los trágicos acontecimientos de 1391, Jafuda tomó el nombre de Jaime Ribes, que era el de un canónigo de Palma, amigo y protector suyo. En la magistral descripción que hace del infante y de su villa, dice Oliveira Martins que aquél se encontraba como embarcado. Efectivamente; en la pequeña franja de tierra peñascosa sobre la que se levantaba su residencia, el infante estaba frente por frente al océano que pretendía conquistar: el temible Mar Tenebroso, que hasta entonces había paralizado los esfuerzos de los navegantes más audaces.

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